josé alejandro dulanto santini

domingo, 29 de marzo de 2009

Luis Enrique García Rodríguez

LUIS ENRIQUE GARCÍA RODRÍGUEZ

Durante todo el día se había perifoneado, desde el Ford Lincoln de Máximo Lock, que en la noche se exhibiría en el Cine Teatro San Martín un peliculón. En las calles de San Vicente se había escuchado repetiodamente, “hoy, hoy, en el Cine Teatro San Martín, Topol en El Violinista en el Tejado”. Esta obra maestra del Cine Búlgaro llegaba por fin a Cañete después de haber batido records de taquilla en New York, París, Londres y Lima, así que todos los sanvicentinos, chicos y grandes, viejos y jóvenes, adultos y niños, ricos y pobres, nos aprestamos a presenciarla sobre el ecran. La película se iba a exhibir en una sola función, ya que era largo metraje, con intermedio de cinco minutos y todo eso, así que había que estar temprano, para gozarla en vermut, ya que no iba a ver función de noche. Premunido de todo lo necesario para gozar del espectáculo (chicle, cigarrillos y caramelos, como diría Miky Gonzales) me aveciné al Cine Teatro San Martín. Había mucha gente tratando de entrar y un desorden terrible que no se podía uno acercar a la ventanilla a sacar la entrada. El caos era total, la muchedumbre se agolpaba en el hall de entrada al cine y también en las afueras, en plena Plaza San Martín y calle 2 de Mayo. Se confundían las colas de los que iban a platea con los que iban a galería. Para mezanine no se hacía cola pues a ella se llegaba vía la platea. Pero había que sortear la platea primero. Codazos, roces, insultos, maldiciones, sudores, robos, olores, todo se compartía al ingresar a dicha multitud, lo que obligó al administrador del Cine a llamar a la policía. Ja, ja, ja, ni caso que le hacían a la policía. Los tombos se veían incapaces de controlar esa multitud. Mas, de pronto una ágil figura cruzó la Plaza desde la Comisaría, venía blandiendo su vara cual jinete de Atila. Todos nos llenamos de terror y nos aprestamos a recibir el golpe. “Ay, que allí viene García”, se escuchaba por doquier. En efecto, era el guardia García, prominente miembro de la Benemérita Guardia Civil del Perú que en aquellos años (fines de los sesenta y principios de los setenta) aún se mantenía en actividad. El guardia García era más eficaz que todos sus compañeros de armas juntos. Cual vendabal, y repartiendo varazos a diestra y siniestra, puso orden en menos de lo que canta un gallo, y de aquella caótica multitud sólo quedó el recuerdo, vislumbrándose más bien dos ordenadas colas para comprar las entradas, sea a platea o sea a galería. Claro que para lograr ese orden a todos nos había caído más de un varazo. García metía palo a quien sea, incluso si sus hijas estaban en la multitud también recibían los golpes. Bueno, no exageremos, los palos los daba solamente en las piernas, nunca en la cabeza. Es que no éramos malandrines sino sólo unos sanos sanvicentinos que armaban barullo para entrar al cine.

Este recuerdo de las intervenciones del guardia García aún se mantiene en nuestras mentes, pero el guardia García era más que eso, era un buen policía, es un buen padre, es un buen marido, y sobre todo...un hombre.

Luis Enrique García Rodríguez como policía descolló más allá de lo que su deber le exigía. La población le tenía un gran respeto, pues a sus dotes profesionales unía una gran sensibilidad humana. El equilibrio en un profesional. No se trata del maniqueísmo que impide ser severo cuando se debe ser severo. De lo que se trata es de aplicar misericordia con el que lo necesita. Y el guardia García (por si acaso digo guardia García con mucho respeto y cariño pues así lo denominábamos en mi niñez, adolescencia y juventud) sabía ser misericordioso con quien lo necesitaba. Cuantos niños que circunstancialmente caían por las instalaciones de la Guardía Civil gozaron de su hospitalidad. A ellos los alimentaba de su peculio, y en muchas ocasiones obsequiaba con ropa y útiles de estudio. Quizás sólo por esto don Luis Enrique García Rodríguez ya tiene ganado el Cielo. Por que todos los pecados y faltas se borran cuando uno es misericordioso. Caridad señores gobernantes, caridad.

El guardia García tenía en su casa una reina, y tres princesas, así que no tenía necesidad de buscarse otras princesas en la calle, como hacen muchos idiotas. Entregado completamente a ellas se levantaba bien temprano para preparara a sus princesas el desayuno, mientras que la reina descansaba unos pocos minutos más. Despachadas las niñas al colegio daba la posta de la casa a la reina, mientras que él iba a la Comisaría a cumplir sus deberes como policía de la Benemérita Guardia Civil del Perú.

Y es un hombre de palabra. Atrévase usted a invitarle un copa de pisco. Él le va a aceptar. Pero sólo una. No se atreva a insistirle con una segunda copa. Eso para él ya es faltar a la palabra. Usted quedó con él en una copa, no en dos, no se atreva a proponerle la segunda copa.

1 comentarios:

A las 22 de junio de 2009, 8:29:00 GMT-7 , Blogger jean ha dicho...

Gran personaje el guardia García, policía digno de ejemplo, de intachable conducta como cuentan muchos.
siga escribiendo Dr. de estos personajes que hicieron historia en nuestra provincia,es muy bonito y ameno su blog.

 

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